Due

Ella miraba su mano y le parecía increíble que sobreviviera tanto tiempo sola. Se colaba en sus sueños para verse en ellos. Caminaba por sus deseos y saltaba por sus fantasías. Era la calma de su caos y el caos de su locura.

Escuchaba el latido de su corazón y su cabeza se unía al baile de la respiración sobre su torso. Tenía todo el oxígeno que había necesitado después de tantas bombonas de soledad. Se conformaba con existir a su lado y, por primera vez, sentía que formaba parte de algún lugar. Sonreía saboreando aquel instante de su presente y se aterrorizaba al imaginar un futuro próximo en el que su piel no estuviera cubierta y protegida por la suya.

Silencios amables con intercambios de miradas que agotaban las pilas del reloj y sábanas que eran cómplices de un hacerse a sí mismos. La bondad les enterneció mientras besaban el mapa de sus cuerpos y celebraban que eran más de lo que habían sido. La maldad les fortaleció los sentidos avivando el deseo de carne y mente en aquel naranja que ardía al atardecer. Perdieron el límite y el control de cuándo terminaba uno y comenzaba el otro. Eran moldes perfectos y simétricos de sí mismos… Éxtasis, con el calor de su mano en el vientre y con un te quiero en los labios. Se abrazaron cerrando los ojos. Formaban parte el uno del otro y, se desvanecieron… Se desvanecieron con un quédate siempre al unísono.

Nacieron para rescatarse. Él era el dueño de su aroma y el protector de su esperanza; ella, el hilo que unía la seguridad de sus pasos.

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